La Carcel

La Carcel –

Llegando de Inglaterra después de la coronación de la reina Isabel, once días después, fue como de costumbre a la base y como a las once de la mañana, me llama por teléfono y me dice que va a llegar un jeep de la Marina para que le mandara unas ropas.

Yo le pregunté si se iba de viaje y me dijo que no, yo seguido me di cuenta que algo pasaba, pero inmediatamente le prepare un bolso y llamé a mi padre para que fuera a ver las frutas que el quería ( era la forma que uno usaba como clave para decir “ven seguido que es urgente!).

Llegaron los marinos, les entregué la ropa y yéndose ellos llegó mi padre.

Le dije que mi corazón no me engañaba, que me decía que era que estaba preso y que yo le había notado que no podía hablar.

Además no fue a buscar la ropa el carro oficial que tenia a sus servicio, sino un jeep militar.

Mi padre me dijo entonces que si no iba a dormir, me volviera a llamar al otro día, lo llamara para ver que se podía hacer. (This is a weird sentence)

Al otro día ya se sabia que habían sido detenidos mi esposo, Rafael Alberto Arvelo Gonzalez, Cesar DeWindt Lavandier, y el ingeniero de maquinas Antonio Casals.

No estaban juntos, mi esposo estaba, como dije antes, en Sans Souci (que era la academia Naval) y los otros en la Fortaleza Ozama.

Le fabricaron un expediente como solo la tiranía sabia hacerlo, los pusieron por ladrones dique en la compra de un barco y les pasaron un consejo de Guerra, compuesto por un grupo de oficiales de alto rango, del cual era presidente el General Antonio Leyba Pou ( y los otros ver al final) pero el el sillón del “grandote” que dirigía el show quien se sentaba era uno a quien le decían “Piogán” o el “Tuerto” Anselmo Paulino Alvarez, el cual un tiempo después le fue a hacer compañía a mi esposo en la cárcel (el verdadero ladrón) en una celda al frente a la suya en La Victoria.

Lo bueno de todo es que, en este país, en esa época se leía el periódico al revés. Los verdaderos ladrones salían como distinguidos ciudadanos y los honorables como ladrones. Pero la justicia siempre llega.

Todos saben la fidelidad al Jefe del Presidente del Consejo de Guerra…

Mi padre le busco a mi marido un abogado, el gran Licenciado Cirilo Elipsis Perez, gran amigo de mi padre, el cual después de asistir dos o tres días al juicio, le dijo a mi padre “aquí no hay nada que hacer, esto es una farsa, ya ellos están condenados pero siguió yendo con mi padre al juicio hasta que los sentenciaron a diez años.

Al principio no me dejaban verlo y empezaron a nombrar Jefes de Estado Mayor, pero yo no se que pasaba, que no duraban nada y por fin nombraron al General del Ejercito José García Trujillo.

Su padre don José García era primo de don Wenceslao Arvelo García, el padre de mi esposo.

Algo me dijo que lo llamara y solo lo deje que lo juraran y decidida lo llame a a base.

Cuando me le identifique al marino de la central, al oír mi nombre me cerro el teléfono.

Yo, con carácter, volví a llamar y hablándole con gesto le dije “no me cierre, que yo no he llamado para hablar con usted, yo llamé para hablar con el General García Trujillo.

Yo me imagino como se pondría el marino, me pidió excusas y me comunicó con el General. Este levantó el teléfono y se puso a mi orden, que en que me podía ayudar…

Le dije que por favor me dejaran ver a mi esposo y llevarle ropa, etc. y me dijo “como no, vaya cuantas veces quiera, no veo porque no se lo dejan ver, ahí aproveché y le dije que le diera orden al marino de guardia en San Souci, me contesto diciéndome que seguido iba a dar esa orden así lo hizo.

Seguido preparé un bulto con ropa limpia, comidilla, etc. y por primera vez crucé el puente Duarte hasta la base, manejando yo.

Llegué, el marinero de guardia me preguntó mi nombre y segundo me dijo donde me parqueara y me enseño la entrada.

Cuando llegué a la punta, no sabiendo que tenia que atravesar la escuela de los cadetes y por poco se me Cael el Telmo y lo otro que llevaba en las manos, pues cuando voy a entrar oigo una voz de mando diciendo “atención” y se levantaron todos los cadetes en señal de la cortesía. Esa es una de las cosas mas lindas de la Etiqueta Naval. Yo atravesé el salón con la cabeza para abajo, y subí unas escaleras guiada por un oficial, hasta el segundo piso donde estaba mi esposo en una habitación. Yo tenia 26 años.

Cuando el me vio solo atinó a decir “como llegastes tu aquí?, yo le conté lo que había hecho y me dijo “señora usted se atreve mucho! Le expliqué que en esos casos había que arriesgarse, no cuesta nada, y se puede ganar como me pasó a mi, lo mas que podía hacer era no atender mi llamada (como hubieran hecho con otros con menor rango que el… lo cogió y me concedió lo que yo quería.)

Me dijo que el no veía a el porque no me jo dejaban ver, entonces alguien lo estaba haciendo de maldad, o no?

Nunca lo conocí personalmente, pero el nunca supo como le agradecimos ese gesto.

Cuando terminó el juicio, en el cual los testigos en contra podían decir lo que quisieran y si era a favor ahí mismo los callaban. Todo estaba fríamente calculado Como diría el Chapulín Colorado).

Se los llevaron para la Fortaleza después de sentenciarlos a los 10 años, donde el comandante o el que mandaba era el tristemente celebre Luis Trujillo Rey – hijo del no menos famoso Jose Arismendi Trujillo Molina (Petán) hermano del Jefe.

El primer día que yo voy a llevarle la comida a la fortaleza Ozama, cuando llego al guardia de servicio en la puerta, me dice que no puedo pasar.

Le pregunto que quien era el comandante, en eso veo un oficial que saca un poco el cuerpo y la cabeza y veo que es Luis Trujillo Reynoso, le digo al guardia, “ya vez porque nadie puede llevar comida, yo voy a llamar al chofer de mi padre lo dejaran entrar?” “Si señora” me contesta. Igualmente, lo que iba a dilatar, (acuérdense que no habían celulares, era 1953.) Entonces fui frente y le pedí permiso a una familia que tuvo la gentileza de dejarme usar su teléfono y papá me mandó a su chofer. Pero, entre una cosa y otra, vino a recibir la comida como a las 3 de la tarde. Todo por abuzo de el tal señor que dirigía la fortaleza, dejó ver que no era mas que una crápula.

El chofer de mi padre entonces era Fausto Bayonet, persona excelente, responsable y fiel.

Pocos días después se los llevaron para la Victoria de la cual era comandante un energúmeno con un pedigrí que metía miedo de nombre Maximiliano Ruiz Batista.

Ahí empezaron los viajes míos a la Victoria, lloviendo, tronara, etc. Todos los días. Teníamos dos juegos de cantinas y termos y nos escribimos cartas todos los días.

Cuando yo llegaba, tenía que dárselas a un guardia que destapaba el termo y lo olía, abrir la cantina y revoloteaba la comida, y uno callado sin decir nada, teníamos que aguanta aquello. El se lo llevaban y me traía las del día anterior, Pero yo no lo veía, sino los Domingos, que eran los días de visitas del 12 del medio día a las 3 de la tarde. Los traían de sus celdas a un salón donde habían unos bancos largos y con dos guardias parados a los extremos con fusil, y nosotros nos sentábamos en los bancos, todos con sus familias.

Así pasaron no recuerdo cuantos meses, hasta que soltaron primero a Cesar DeWindt, a sus hermano Ramon que fue su abogado y a quien le echaron un año, y al oficial Antonio Casal. Dejaron solo a mi esposo que nunca he sabido porqué soltaron a los otros y a el no. Valla usted a saber! En total estuvo preso 22 meses.

Un día de visitas, es decir un Domingo, yendo yo en mi carro manejando, acompañada por mi gran amiga Lupe Anglada, cuando doblo para la cárcel había llovido y habían unos hoyos. Yo sin darme cuenta pisé uno de los hoyos y salpiqué a uno de los guardias que habían en el camino, que era caliche. Cada cierta distancia había un guardia con fusil.

Yo sinceramente no me di cuenta y el siguiente guardia me hace señas de que me pare y de para atrás que el otro guardia quería hablarme.

Así lo hice y cuando me paro frente a el me empieza a insultar porque lo habían salpicado, (es verdad que estaba todo salpicado de lodo) y con muchísima malas palabras, yo me fui incomodando, pero le pedí excusas, entonces fue peor hasta que ya yo incomoda le dije con carácter, que se guardara esas palabras para una mujer de su clase que a mi me respetaba. Me contestó que me iba a reportar con el comandante del penal, yo le contesté que quien lo iba a reportar era yo cuando llegara a la capital, y seguí, parquié mi carro y entramos.

Cuando estábamos sentados con mi marido, llega un guardia y dice “Sra. Arvelo, dice el comandante que vaya allá”.

Mi marido, que ya yo le había contado lo que había pasado, se puso nervioso (como es natural) porque sabia el tipo de mala gente que era el señor.

Fui y el estaba sentado en una silla de cana, recostado de la pared. Junto al segundo comandante de apellido Chireno. Este último es el que me dice que decía el comandante mayor (que estaba ahí a su lado) que sacara mi carro de frente al penal y lo llevara al la carretera, es decir a una distancia de mas o menos medio kilometro.

Le dije “como, ahora mismo?” pase por el medio de como 14 guardias que se sentaban en los bancos largos, siete en uno y siete en el otro, frente a la entrada penal. Llevé el carro y vine en menos de 15 minutos, y cuando le pase por el lado le dije “esta usted complacido señor?” No respondió nada. Todo siguió normal, terminó la visita, mi esposo quedó un poco nervioso, pensando que en el camino podían hacerme algo.

Pero parece que el sabía que como quiera se trataba de la esposa de un oficial de mucho rango (mas que el) y no sabia, el riesgo que podía correr… Es lo que pensamos.

Al fin, cuando llegamos a la capital dejé a mi amiga Lupe en mi casa (yo vivía entonces Luisa Ozema Pellerano y me fui a la casa de Papucho Morales que fue el que me vino a la mente, ya que era primo de mi papá. Yo nunca había hablado con el antes. El estaba casado con Dora García Trujillo. Ella misma me abrió la puerta, yo me le identifiqué y le dije que deseaba hablar con su esposo, que era urgente. Muy amable, me mandó a sentar y lo llamó.

Seguido vino Papucho (creo su nombre era Ramon Ernesto Morales Garrido) me recibió con cariño y me dio un abrazo por tratarse se la hija de Fello, (así le decían a papá). Yo le conté lo que pasó con el guardia y me dijo “no son mas que unos abusadores.” No te preocupes, que seguido voy a hablar con mi cuñado Virgilio García Trujillo, que es el jefe del ejercito, para que los ponga en su puesto.

Yo no sabia hasta ese momento que ese señor ocupaba ese puesto. Algo me llevó en esa dirección, que fue yo no se, pero todos tenemos algo que nos guía para bien o para mal, yo creo mucho en eso porque en mi vida me ha parado muchas veces.

Conversamos un rato, y dándome otro abrazo, le di las gracias y me fui tranquila a mi casa.

Santo remedio, mas nunca, todo era cortesía… Así son las cosas de Dios cuando protege a uno y yo necesitaba urgente esa protección.

Siempre le agradeceré a Popucho lo que hizo por nosotros, me imagino lo que pensaría el señor comandante de la cárcel de La Victoria, al hablarle el jefe del ejercito, sobrino del Jefe, de mi. Así eran las cosas de esa época. Pero la memoria de Ramon Ernesto Morales Garrido, la guardo en mi corazón.

Los viajes a La Victoria, especialmente cuando llovía, eran un verdadero desastre, el lodo que se formaba, sobre todo donde estaba el “puente” que eran unos troncos y cuando llovía subía el rio y estos casi no se veían, yo les pagaba a un chofer de guagua que me cruzara el carro, agarrada de unos hombres que nos hacían el favor de ayudarnos.

Después nos lavábamos los pies (como se podía) y nos volvimos a poner los zapatos para seguir.

Eso era una rutina tanto para ir como para venir. En fin era una odisea, para todos los que iban a ver a sus familiares.

Quiero decir aquí que yo solo encontré a mi trabajadora de ese entonces (la que recuerdo con mucho cariño) Rosa Rodriguez y a mi querida amiga Lupe Anglada y a mi querida y recordada amiga Ada Sans de Casal, que sus esposo estaba preso con el mio.

Porque a mis primas les dije que se apartaran un tiempo, porque tenían sus esposos e hijos y era peligroso que las vieran conmigo, y en la cárcel por ejemplo había que dar la cédula, es decir, quien iba a ver a un preso, tenia que dejar la huella, para que esos lobos se enteraran de quien era amigo o familiar de quien.

Sin embargo un tío de mi padre, muy querido, iba a mi casa a vernos y llevarles dulcitos a mis hijos, Enrique Rijo (tío Quico) que dios lo tenga en la gloria.

Y mi prima Elena Santos Dalmau de Mallen, que me llamaba y en los momentos que mas necesité, me respondió. Siempre ha sido una verdadera hermana, en esos momentos y en otros.

Como dije antes, yo iba todos los días a llevarle la comida, pero cuando no podía ir por alguna razón, iba Fausto, el chofer de mi papá.

La celda de mi marido quedaba donde empezaban las solitarias (el estaba en una celda especial) y donde un tal “el bate” de apellido Velloa, mataba estrangulando con una sola mano al infeliz que había que matar.

Mi esposo me decía que aprendió a distinguir el grito de un hombre cuando es de un dolor de muelas (por ejemplo) o cuando es de terror porque lo están matando… que el tenia que taparse los oídos con la almohada,.

A todo esto, prohibió el energúmeno comandante Ruiz Batista que se parquearan frente a la cárcel, desde el percance mio con el guardia, había que dejar los carros en la carretera y caminar con todo lo que uno llevaba a pie desde la carretera.

Pero comenzaba a trabajar el destino. Un día, vamos entrando Ada Sanz de Casal y yo a pie y venia un jeep militar saliendo del penal y se para, era entonces Coronel o Mayor (no recuerdo el rango) Braulio Alvarez Sanchez, nos pregunto porque íbamos entrando a pie, porque no habíamos entrado en el carro. Le dijimos lo que pasaba y que Comandante había prohibido entrar en los carros. Nos dice entonces “eso es un abuso, yo soy el nuevo comandante y desde mañana pueden entrar en sus carros.

Le dimos las gracias y efectivamente, las cosas cambiaron.

Después me dice mi esposo, que el le llevaba cigarrillos, revistas, etc.

Después de muchos años, tuve la oportunidad de decirle cuanto le agradecimos mi esposo y yo su comportamiento. Que distinto! Este era un caballero.

A todo esto sueltan a DeWindt y a Antonio Casals. Este ultimo fue a trabajar con Felix Benitez Rexach pues era ingeniero de maquinas de barcos.